jueves, 10 de abril de 2014

Psicomagia Aplicada Al Mal De Amor

El mal de amor no se cura con consejos. La persona que padece el dolor de haber sido abandonada o rechazada por quien ama, inconsolable, no escucha razones. Le han partido el corazón. De qué vale decirle que en realidad no sufre por quien cree sufrir, sino que proyecta en esa persona un abandono infantil, la tristeza que -en un momento dado de su infancia- sintió al creer que perdía el amor de su madre. El niño, antes de desarrollar su individualidad siente que forma parte de su progenitora, ella es su Yo esencial: si la pierde, se pierde a sí mismo. Este cariño dependiente, cuando él ya es adulto, lo proyecta en la mujer amada. Para liberarse de esa ruptura, y recomenzar su vida emocional, el doliente debe hacer un gran esfuerzo diciéndose: «Quien sufre no soy yo, es mi niño interior». Como lo que más nos ata físicamente a la infancia son los hábitos alimenticios -gran parte de lo que comemos nos une al pasado-, en caso de ruptura amorosa aconsejo al consultante:
Cambiar radicalmente su forma de alimentarse. Si es carnívoro debe hacerse vegetariano, y si es vegetariano debe hacerse carnívoro. Si no vive en un lugar con mar, debe ir tres días a una ciudad que sí lo tenga para practicar jogging en la playa, metiendo los pies en el agua y repitiéndose: «Dolor, no eres mío». Durante ese lapso de tiempo llevará a la espalda, a todas horas, un corazón de ternera guardado en una bolsa de plástico acompañado de una fotografía de la amante que ha perdido más una fotografía de su madre. Pasados esos tres días, enterrará el corazón y plantará sobre él un manzano.
(Estos mismos actos de psicomagia son válidos para una consultante mujer. Pero en lugar de utilizar fotos femeninas, debe usar sus equivalentes masculinas.)
Si a pesar de esto el/la consultante sigue aún sufriendo, reuniendo toda su voluntad debe decidir cambiarse a sí mismo -metafóricamente el corazón:
En su dormitorio, a medianoche, con la ventana cubierta por una gruesa cortina, se acostará desnudo/a en el suelo, dentro de un círculo de doce velas encendidas. Pegará con miel sobre su corazón una foto de su amada/o, y sobre ella siete platos de té. Durante un cuarto de hora presionará hacia su pecho esa pila de platos, como si se los quisiera
incrustar. Luego, con un pequeño martillo comenzará a romperlos uno a uno, no de un solo golpe sino de forma progresiva, primero con golpes suaves y después con uno final que rompe el plato. Esto lo repetirá siete veces, expresando con gritos o llanto su dolor lo más intensamente posible. Cuando la fotografía quede al descubierto, verterá sobre ella un poco de sangre artificial (preparada previamente por él/ella mismo/a con un lubricante sexual tibio al que habrá añadido colorante vegetal rojo). Sintiendo que la fotografía tiene raíces en su corazón, simulará que lucha por arrancarla hasta que, con una exclamación de triunfo, la retire de su pecho. Arrugará la foto convirtiéndola en una bola. Se limpiará la sangre con un trapo en el que haya hecho imprimir la imagen de una Virgen Santa, y se frotará luego la región del corazón con medio limón. Meterá en una bolsa la fotografía arrugada, el martillo, los trozos rotos de los platos, el limón, el frasco de sangre falsa y las velas, que ya habrá apagado. Guardará el trapo debajo del colchón de la cama. Se pintará el rostro y las manos con maquillaje plateado. Saldrá a la calle y arrojará la bolsa en el primer cubo de basura que encuentre. Luego, así maquillado/a, irá a un bar a celebrarlo, bebiendo hasta emborracharse.


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Alejandro Jodorowsky en “Manual de Psicomagia”.
Imagen: literarykiller

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