martes, 4 de noviembre de 2014

Niveles De Vida (Capítulo Sólo Para Mutantes) {1. Persistencia}


La mosca pasa su vida tratando de evitar a la araña. La araña pasa su vida tratando de cazar a la mosca.

Nada cambia. El Yo personal, dividido en cuatro egos desequilibrados, pasa su vida tratando de no oír las llamadas del Dios interior, transportadas por el Yo esencial y el Yo superior. Aunque el amor lo solicita, escapa. Aunque la alegría de vivir lo llama, huye. Piensa que es un cazador, pero en realidad es la presa. Todo cuanto alberga en su interior lo busca, pero la conjunción no se produce. En lugar de aunar, multiplica. El príncipe da un beso a la princesa dormida, la despierta, se casan, creen ser felices, engendran muchos niños, multiplican su dinero, sus coches, se compran una casa frente al mar, viajan, van de fiesta social en fiesta social, de borrachera en borrachera, de amante en amante, de proyecto en proyecto... pero no cambian. Nada es real, todo es promesa. 

Quienes viven en la persistencia se copian los unos a los otros. Los que están en el poder se aferran a sus puestos, prolongan su mandato hasta sus últimos segundos de vida. Siendo viejos, se visten igual que a los veinte años. Conservan, a punta de operaciones, injertos o pelucas, una antigua imagen seductora. Practican una misma actividad, luego otra parecida, y otra... Repetición constante, multiplicación de lo mismo. Sufrimiento y miedo a perder. Escritores que han ganado el premio Nobel, tercamente se quedaron en ese nivel, sin renovar nunca sus ideas. Samuel Beckett, por ejemplo. En su obra de teatro Esperando a Godot el tan esperado personaje nunca llega. Poco después, en otra obra tragicómica, una mujer en una playa monologa enterrada en la arena. Poco a poco se va hundiendo. Al final la vemos sumergida hasta el cuello, nunca sale. Más tarde, en otra creación, sus actores aparecen encerrados en jarrones y sólo muestran la cabeza. De un espectáculo a otro, los personajes se reducen cada vez más, se encierran en sus delirios, el mundo es un tarro de basura, no hay la menor posibilidad de cambio. Por supuesto que este dramaturgo escribe bien, pero su mensaje permanece en un nivel miserable. Y es que, bajo la bandera del intelecto, muchos autores se permiten decir cosas semejantes a que «El mundo no tiene finalidad, no es posible que cambie. El ser humano es un producto absurdo del azar. La esperanza es cursi, el optimismo es estúpido. No existe ninguna posibilidad de sanar. Todo terminará mal». Textos angustiados, dibujos angustiados, música angustiada, periódicos cuajados de noticias angustiantes... que producen en los seres una vida entera angustiada. Si ésta no los conduce a la multiplicación o a la división y pérdida, los sumergirá en la incrustación: se verán convertidos en auténticas tortugas humanas. Acaparazonados en su casa, en sus actividades, siempre con los mismos amigos o con el mismo y limitado estilo de pintura, de novela -sea histórica, policíaca o erótica-, de música, de arquitectura... Sardinas en sus latas de conserva, yacen siempre iguales a sí mismos, tomando píldoras calmantes. Hay quienes ni siquiera son capaces de incorporar a su lenguaje una nueva palabra.

Una pareja ha dejado de hablarse. Un día, el hombre entrega a la mujer un papel en el que ha escrito «Tengo que tomar el avión. Despiértame a las seis de la mañana». Se acuesta. 
Se despierta al día siguiente al mediodía. Encuentra sobre su pecho un pequeño papel en el que está escrito «¡Despiértate!».

Sienten un increíble odio hacia quienes no viven como ellos. No aceptan que alguien sobrepase los límites de su mirada. Desean aniquilar todo pensamiento, sentimiento, deseo o acto que no sean iguales a los que ellos padecen. No realizarán la Consciencia suprema. Persistirán siendo lo que creen ser. Se defenderán de cualquiera que pretenda enseñarles algo nuevo. Competirán, negarán.

Una mujer llega a su casa y el marido exclama: 
-¡Es increíble lo hermoso que es tu pelo! ¡Parece una peluca! 
-¡Es una peluca! -¿Ah, sí? Parece pelo de verdad.

Somos como un ordenador. Cada uno de nosotros tiene en el cerebro una especie de disquete; para poder hacer algo diferente, tendríamos que cambiarlo. Pero es difícil, sino imposible, ver qué nos han insertado en él. Por eso pedimos a veces que alguien desde fuera nos diga que nuestro sistema de conducta es mecánico. Cosa peligrosa, porque si el instructor no es un verdadero santo, puede extraer nuestro disquete pero al mismo tiempo puede embutimos uno suyo, convirtiéndonos así en fanáticos seguidores de él. Somos nosotros mismos quienes, desarrollando una formidable voluntad para rechazar y eliminar parásitos («Esto no soy yo, ni tampoco esto, ni esto...»), debemos extraernos ese viejo disquete. ¿Cómo?

Continuará...

∼✻∼
Consejos de Alejandro Jodorowsky, en Cabaret Místico” 

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