lunes, 21 de julio de 2014

El Milagro

Tres cristianos están discutiendo a propósito del milagro. El primero pregunta:
-En verdad, ¿qué es un milagro? 
-Pues bien -replica el segundo-, un milagro se produce cuando Dios hace exactamente lo que nuestro sacerdote le pide. 
-¿De veras? -dice el tercero-. Yo creo que un milagro se produce cuando nuestro sacerdote hace exactamente lo que Dios le pide. 

¿Podemos hablar de milagro cuando, como dice el segundo cristiano, ese impensable que llamamos «Dios» hace exactamente lo que le pedimos? Según esto, podríamos sentimos tentados, por egoísmo, a utilizarlo como un simple criado en nuestro beneficio personal.
Una señora, al regresar de su peregrinación a Lourdes, pasa el registro de la aduana. El guardia encuentra en su maleta una botella transparente con forma de Virgen, dentro de la cual hay un líquido igualmente transparente. Le pregunta a la dama:
-¿Que contiene esta botella? 
-Agua bendita de la santa gruta, señor. 
El guardia, después de quitar el tapón y beber un trago, le dice, severo: 
-¡Esto es vodka! 
La mujer cae de rodillas, exclamando: -¡Milagro! 

¿Habría milagro cuando, como dice el tercer cristiano hacemos exactamente lo que Dios nos pide? Es posible, pero ¿somos capaces de acatar lo que Él nos ordena?, o en otras palabras, ¿puede nuestra mente aceptar lo que la intuición sea? El milagro es, precisamente, la negación de toda ley racional. Para lograrlo hay que abatir el muro de las ideas adquiridas. Sin embargo, por un deseo de creer, podemos engañarnos diciéndonos que los acontecimientos son lo que verdad no son.

Un hombre corre por una calle de Lourdes, cerca de la santa gruta, gritando:
-¡Ahora ando! ¡No es posible, ando! 
Al verlo pasar, una monja cae de rodillas, exclamando: -¡Milagro! ¡Milagro! 
-Se equivoca, hermana -le dice el hombre- ¡Me han robado el automóvil! 

¿Y si Dios fuera un concepto más, una mera construcción mental, una mentira que, sin lograr creerIa, nos hacemos a nosotros mismos? ¿Y si, deseando que un milagro ocurra, hiciéramos promesas sabiendo que nunca podríamos cumplirlas?

El velero en el que viaja Mulá Nasrudín está atrapado en una terrible tormenta. El océano furioso está a punto de tragarse el navío. Mulá Nasrudín se arrodilla en el puente, en medio de sus compañeros de infortunio, y exclama:
-¡Oh, Alá el compasivo, si ordenas a los vientos que se calmen encenderé en tu alabanza un cirio tan alto como el mástil de esta barca! 
-Cuidado con lo que dices, Nasrudín -le grita su vecino para hacerse oír por encima del estruendo de las olas-, puedes caer en perjurio. Nunca podrás procurarte un cirio tan grande... 
-¡Calla, hombre de poca fe! -responde Nasrudín-. ¡Si Alá es capaz de calmar esta tremenda tempestad, seguro que también puede enviarme el cirio! 

En verdad, se logra obtener un milagro cuando, abandonando las anteojeras mentales, desarrollamos la capacidad de captarlo. Para un ser iluminado, todo es milagro. Sabe que en una simple piedra reside la Consciencia infinita. Sabe que tiene una mirada que depende de su Yo personal y otra que pertenece a su Yo esencial.
Sabe que ve más de lo que ve, que oye más de lo que oye, que huele más de lo que huele, que toca más de lo que toca, que gusta más de lo que gusta...

Llega el sargento junto a su comandante y le dice:
-Mi comandante, con la novedad de que el preso ya se escapó. 
-¡Cómo que se escapó! ¿No te dije que vigilaras la puerta? 
-Sí, pero él se escapó por la ventana. 

¿Cuántas veces, por centrar la atención en una parcela de la imagen visual, no nos damos cuenta de muchas cosas que más tarde pueden aparecer en nuestros sueños? Hay sonidos, melodías, voces que se deslizan con disimulo en lo que estamos oyendo. Ciertos olores que creemos no distinguir hacen que algunas personas nos atraigan o nos repelan, algunas ideas y sentimientos esparcen perfume o hedor. Nuestras manos, sin que seamos conscientes de ello, perciben la historia de lo que tocan. Los animales saben muy bien detectar el veneno en un alimento con un sabor delicioso... Nuestra razón cree vivir en un mundo que está limitado a la respuesta de sus sentidos «reales»; sin embargo, gracias a sus sentidos «surreales», sus concepciones geométricas pueden hacerse orgánicas... Es posible conocer las relaciones internas de una forma geométrica, a la que no se le puede quitar una sola línea sin adulterarla. Un círculo sin un fragmento de su circunferencia deja de ser un círculo. Una forma orgánica, por el contrario, guarda el misterio de sus relaciones internas, y se le pueden agregar o quitar partes sin cambiarla. Una hoja de árbol a la que le falte un pedazo sigue siendo una hoja de árbol. Este misterio indescifrable es el milagro que sustenta a la materia. Las formas que nos parecen separadas están unidas. La totalidad de la materia universal es infinita. La razón trata de establecer órdenes; pero es imposible ordenar algo que no tiene límites. Sólo es posible organizado. Y para organizar el mundo, no se pueden tener sólo en cuenta las aparentes leyes cósmicas: en toda organización debe aceptarse, como parte de ella, el milagro.

Un esposo llega junto a su mujer muy feliz y le dice:
-¡Querida, acabo de firmar un contrato para actuar en una película de caballos! 
-¡Te felicito! ¿Qué papel tienes? 
-Seré uno de los caballos.

Cuando aceptamos nuestra verdadera naturaleza -que siempre está en resonancia con el cosmos- y confiamos en ella, el milagro se produce. Éste podría ser definido entonces como el resultado de la aceptación de las fuerzas universales que se manifiestan en nosotros. Muchas veces al milagro se le llama «casualidad». Cuando nos sucede, como ocurre a la anciana de la siguiente historia, de origen sufí, buscamos toda clase de explicaciones para aseguramos de que es un mero azar, sin ninguna causa mágica. Lo que escapa a nuestras concepciones habituales nos parece extraño, nos inquieta, nos aterra. Si aceptamos la posibilidad del milagro, nuestro mundo «real» se derrumba.

Una vieja bienintencionada encuentra un día un águila que, vencida por el cansancio, reposa en el alféizar de su ventana. «¡Qué pájaro tan raro y tan feo! -piensa-. No se parece a ningún ave que yo haya visto antes.» Tiene piedad del extraño animal. Lo atrapa, le corta las plumas de la cabeza, después le lima el pico curvo hasta hacerlo recto, y por fin le recorta las alas porque le parecen demasiado largas. Le devuelve la libertad diciéndole: «Ahora sí que eres normal: pareces una paloma».

Si echamos una mirada a las circunstancias que nos llevaron al milagro, comprenderemos que fuimos dirigidos por una fuerza inimaginable. Esto se hace evidente en el encuentro pasional entre un hombre y una mujer -o entre dos hombres o dos mujeres-, que casi siempre es milagroso.
La mítica cantante de tangos Libertad Lamarque, hija de obreros, conquistó la gloria acompañada de un amante brutal. Un día, cansada de recibir sus golpes, se arrojó por la ventana de su apartamento. Descendió cuatro pisos para caer sobre un hombre que pasaba casualmente por allí. Acompañó al aplastado en la ambulancia y permaneció en el hospital hasta que éste recobró el conocimiento. Lo siguió visitando durante su convalecencia. Se casaron y fueron, hasta donde es posible en este convulso mundo, felices.
La llave que abre las puertas blindadas del amor puede ser cualquier cosa, incluso un hueso.

El psicoterapeuta Claudio W. llega a París desde San Francisco para dar un curso de kinesioterapia a cincuenta alumnos. Expone sus teorías durante seis brillantes horas. Al final de su sabia introducción, declara:
-Hay una gran diferencia entre teoría y práctica. En verdad, el trabajo sobre el esqueleto puede comenzar por cualquier hueso, aunque parezca insignificante, por ejemplo... por ejemplo... -Claudio vacila, no sabe qué detalle óseo elegir, hasta que de pronto le viene a la boca:- ...por una clavícula -y pregunta de inmediato: -¿Hay alguno de ustedes que tenga problemas de clavícula? 
En medio de un silencio general, se escucha una voz tímida: -Yo, señor -a nadie le había llamado la atención esa alumna. En la penumbra de la silla más alejada, ha asistido al curso casi inmóvil...
-Venga aquí, señorita. Quítese la camisa y túmbese en la mesa: voy a darle un pequeño masaje. Pero antes dígame cómo se llama. 
Con un hilo de voz, confusa, como si usurpara la identidad del profesor, la muchacha responde:
-Claudia. 
El pequeño masaje dura tres horas y obliga a los cuarenta y nueve alumnos restantes a esperar a que Claudio W. salga de su trance y clausure oficialmente el curso. El masaje prosigue durante un gran número de años en Estados Unidos, a donde el profesor lleva a su tímida estudiante convertida en esposa...

La vida, para cualquier organismo, depende de su unión con el medio en el que se desarrolla. Si se lo separa de él, muere. Lo mismo podría decirse del ser humano, considerándolo, un espíritu que tiene un cuerpo, no a la inversa. Definiéndose por su razón, para llegar a la totalidad de sí mismo, debe establecer puentes con su Yo superior; luego, profundizar hasta unirse con su Yo esencial y, desde ahí, prolongarse hasta la Consciencia cósmica. El universo es una red de interacción regidas por una misteriosa unidad. Podemos pensar que lo que sucede a una lejana estrella repercute en nuestro espíritu de la misma manera que lo que sucede en nuestro espíritu podría afectar a los astros... Si hemos nacido, es por una necesidad universal. Aunque totalmente misteriosa, todo ser tiene una finalidad. De la misma manera que la creación entera tiene una finalidad. El universo es un proyecto en acción. Se rige por leyes que parecen fijas, eternas, pero existe la posibilidad (lo que llamamos «la excepción que confirma la regla») de cambio, de desarrollo. Así como -según G. I. Gurdjieff- venimos al mundo con una semilla espiritual que debemos desarrollar luego hasta llegar a tener un Alma, aquello que los religiosos llaman «Dios» y los científicos energía oscura también se está desarrollando. Materia y divinidad se dirige hacia el mismo proyecto... Todo acto es el producto de una cadena de causas y efectos, efectos que se hacen causas, hasta llegar un día al milagro final: un universo inmaterial de pura Consciencia.

Si aceptamos estos conceptos como postulados de una nueva forma de pensar, podremos lograr cambios positivos en nuestra vida cotidiana. Antítesis del milagro, la «catástrofe» resulta de la negación de la unión, del deseo egoísta de posesión y poder personal, del querer ser creador y dueño del acontecer, de convertir la mente en fortaleza agresiva en lugar de templo abierto.

En el momento de un éxito (o de un fracaso) o de un encuentro fundamental (o de un abandono), a veces nos decimos «¿Cómo pude llegar a esto? Nunca pensé que algo así me sucedería. ¡Qué buena (o mala) suerte tengo!». Si escarbamos en la memoria, siguiendo la estela de pequeños sucesos que se encadenaron para llevamos a donde estamos, veremos que fueron guiados por una voluntad superior, misteriosa, que actuó sobre nuestra vida tal como un jugador de ajedrez organiza sus series de jugadas. Hay un momento inicial en el que se nos presenta una alternativa: debemos o no hacer o decir algo. Si decidimos hacerlo, iniciamos un movimiento que, sin saberlo, nos lleva a la eclosión del milagro. Si nos negamos a emprender la aventura, si no oímos la llamada de nuestra intuición, si nuestra razón niega la realización de un deseo porque lo considera absurdo, abrimos un sendero que nos lleva a la frustración, a la enfermedad, a la catástrofe.

Si usted está leyendo este libro es porque hace algunos años, habiendo terminado una película hecha por encargo llamada El ladrón del arcoíris, me apresuré a esconderme en la isla de Formentera. La habían elegido para que abriera el festival de cine de Venecia. Esa película me avergonzaba: la había dirigido sólo por necesidades económicas... El productor no pensaba lo mismo y deseaba que yo la presentara. Seguro de que nadie podría encontrarme, me asoleaba en una tranquila playa cuando una dama muy elegante, cuyo atuendo negro, sus brillantes aretes y sus tacones altos no cuadraban con el ambiente veraniego de la isla, se arrodilló junto a mí y casi con lágrimas en los ojos me imploró que asistiera al festival: «Vengo desde Italia para buscarte, soy la encargada de prensa. El señor Alexander Salkind [el productor] ha fletado un jet que te espera en Ibiza, no puedes decir que no». A regañadientes acepté el ofrecimiento. En dos o tres horas me encontré en medio de la histeria festivalera. Para mi sorpresa, la película -en la que actuaban Omar Shariff, Peter O'Toole y Christopher Lee- fue bien recibida... En el café del cine me encontré con Omar Shariff, que era miembro del jurado. Un poco más lejos, ignorado por las estrellas y por los periodistas cinematográficos, divisé a José Donoso, autor entre otras de la novela El obsceno pájaro de la noche. Supe que unos jóvenes cineastas presentaban una película basada en uno de sus cuentos. Le dije a Omar: «Donoso es un escritor chileno conocido mundialmente. Es lamentable que en este festival no se le rinda la atención que merece. Intenta conseguirle un premio». Por suerte, la película contaba con un actor de gran calidad al que se le otorgó un trofeo. No sé por qué vía Donoso se enteró de mi intervención, y quiso agradecérmelo. Nos encontramos con placer, porque recordamos los tiempos en que cuando éramos jóvenes, unos treinta años atrás, él, el poeta Enrique Lihn y yo decidimos resucitar en Santiago la fiesta de la primavera. Todos los días, entre la una y las tres de la tarde, salíamos disfrazados (Lihn de diablo, yo de Pierrot y Donoso de negra ninfómana) para saltar entre los automóviles incitando a los ciudadanos a celebrar el carnaval. Tuvimos éxito, pues se organizó una fiesta en la que bailó un millón de personas. Donoso me dijo: «Gracias al premio, el gobierno chileno ha enviado un equipo de televisión para que me entrevisten. ¿Por qué no conversas conmigo ante las cámaras?». Y así lo hicimos. De pronto mi amigo me preguntó: «En tu juventud querías ser escritor, no cineasta. ¿Abandonaste la literatura?». «No -contesté-. Desde hace veinte años guardo en un cajón de mi escritorio tres novelas que no me atrevo a ofrecer a un editor.» Eso fue todo. Una semana más tarde, me llamó a París, desde Santiago de Chile Juan Carlos Sáez, un buen editor: habiéndose enterado por la entrevista de que tenía tres libros, me proponía publicarlos. Así lo hizo, y entonces, a los sesenta años, comenzó mi carrera literaria. Si me hubiera negado a la invitación de la dama vestida de negro, insistiendo en quedarme en Formentera, quizá aún hoy yacerían en un cajón mis tres primeras obras y, por supuesto, usted no estaría leyendo estas líneas.

La palabra «milagro» es tina derivación del latín miran, «asombrarse, extrañar, admirar», más tarde «contemplar» y por último «mirar». Estas mismas etapas se suceden cuando se avanza en el reconocimiento del milagro. Cuando ocurre lo imposible, un hecho que parece abolir las leyes del universo, un asombro inquietante nos invade si no estamos preparados para ello: por temor a lo mágico atribuimos este hecho al azar, o nos convencemos de padecer una alucinación, o bien nos mentimos a nosotros mismos dándole una explicación científica cogida por los pelos... Si somos honestos reconoceremos que lo ocurrido es extraño y que, por el solo hecho de producirse, nos demuestra nuestra inmensa ignorancia. En la segura realidad que hemos concebido, se abren brechas misteriosas, inexplicables para nuestra lógica... Cuando adquirimos la humildad que nos permite reconocer que desconocemos la naturaleza real del cosmos, y por lo tanto la de nosotros mismos, admiramos el milagro de la existencia. Todo nos conmueve por igual, desde una brizna de hierba hasta la danza de una galaxia... Es entonces cuando, mediante la meditación, comenzamos a liberamos de la identificación con nuestro intelecto para contemplar el mundo, interior y exterior, desde nuestra afectividad. Aprendemos a mirar con amor. Bendecimos todo lo que nuestros sentidos pueden captar. Con la mente en silencio, el corazón sereno, el sexo satisfecho y el cuerpo agradecido, reconocemos que el principal milagro es la vida misma. Vida que no es nuestra sino de todos. Si nos decimos que un milagro es útil no sólo para un individuo sino también para los demás, si aceptamos por fin que esa amorosa vida es la que une a la totalidad de los seres, llegaremos a ser conscientes de que nosotros mismos somos el milagro. Cada ciudadano es un mago que se ignora.

Una bonita muchacha que hace auto-stop es invitada por un hombre de negocios a su Jaguar. Al cabo de un momento, él le dice:
-Aunque le parezca raro, señorita, debo decirle que por mi trabajo debo hacer a menudo esta ruta Barcelona-Madrid y es la cuarta vez que llevo a una mujer encinta. 
-¡Pero yo no estoy encinta! -dice la pasajera. 
-Es cierto, pero dese cuenta de que aún no estamos en Madrid... 

Para quienes creen que son incapaces de mejorar su destino, que es imposible que un cambio fundamental ocurra en sus vidas, este chiste puede ser iniciático si se ponen en el lugar de la bonita muchacha y atribuyen al hombre de negocios la calidad de Dios.

Una persona que va a ver al profeta mormón Joseph Smith pide que le realice un milagro. Smith le dice:
-Muy bien, así lo haré. En el nombre de Cristo, voy a satisfacer tu deseo: ¿quieres quedarte sordo o ciego? ¿Prefieres la parálisis o que te saque una mano? Elige. 
El hombre exclama:
-¡De ninguna manera quiero eso que usted me propone! Smith le responde: 
-Entonces te quedarás sin milagro. Para que quedes convencido no quiero dañar a otras personas. El mundo tiene un santo equilibrio. Cuando se sana a alguien, se le quita la salud a otro. No hay que pedir milagros. Hay que aceptarlos cuando vienen, sabiendo que todo es un milagro.



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Consejos de Alejandro Jodorowsky, en Cabaret Místico” 
Imagen: Miracles by Paulius

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