sábado, 25 de abril de 2015

Presentación: Curso Acelerado De Creatividad, Por Alejandro Jodorowsky (Compendio)


Introducción
Cuando hablo de creatividad me estoy refiriendo a un cam­bio total en nosotros mismos. Sin creatividad, el mundo marcha muy mal. Estoy seguro de que la mayor parte de las enfermedades provienen de la falta de creatividad y de que los problemas socia­les que tenemos en el mundo se deben a esta carencia. La creatividad mal comprendida provoca la guerra y los crímenes.

Para trabajar con la creatividad hay que ser críticos con uno mismo y con todo lo que representamos. Cuando miro a una persona, puedo ver en qué estado se encuentra su cuerpo. También puedo ver sus tensiones mentales, cómo su espíritu está replegado. En otros, percibo las dudas que tienen sobre sí mismos o bien la educación recibida como una pesada costra, ya que los han educado desde la racionalidad. Otros bailan todo el tiempo con las cosas del pasado. Cuando miro, no lo hago con una mirada crítica sino con una mirada creati­va. Si leo el tarot a alguien veo a la persona íntegramente, por­que prescindo de mis límites para ello. Esto es sólo un ejemplo de creatividad.

Quiero explicar qué es la creatividad en su conjunto y por qué la creatividad es tan rara. La creatividad es tan extraña que con ella se puede llegar a ser Cristo, Buda, la Virgen o Atenea. La creatividad está relacionada con la religión y también con los mitos. A mí me ha salvado la vida. Por eso voy a introducir este curso contando cosas de mi pasado.

Os diré que nací en un barrio obrero, que mi padre tenía una tienda y era comerciante. Lo cuento en un libro que se lla­ma La danza de la realidad. Vine a parar a un mundo muy limi­tado y pensé que la creatividad era la única llave que tenía. Lo cierto es que me gustaba estudiar, era un buen estudiante, pe­ro me aburría un poco. Como mis tíos, a los que detestaba, eran universitarios, abandoné la universidad. Entonces me di­je a mí mismo: «La única llave que puede salvar mi vida es la imaginación».

Pero ¿cómo se desarrolla la imaginación? En mi caso no re­sultó difícil. Yo había aprendido a leer a los 5 años y pasaba gran parte de mi tiempo entre libros: cuentos de hadas, histo­rias de todo tipo... Desarrollé la imaginación a través de la lec­tura. El imaginario formado a través de los libros es siempre un imaginario intelectual, pues pasa por las palabras. Pero la imaginación es mucho más que eso. La creatividad desborda las palabras.

Uno de los grandes enemigos para crear es la moral. Hay que ser amoral para desarrollar la imaginación. La moral nos aprisiona el imaginario. Hay que ser valientes y prescindir de esa muleta.

Historia Del Imaginario
El ser humano, desde el punto de vista histórico, comenzó por vivir encerrado en lo que era, en sí mismo. Después se dio cuenta de que podía dejar entrar dentro de sí elementos que no estaban en él, sino fuera de su cuerpo. ¡Nos pusieron en la naturaleza, y resulta que la naturaleza somos nosotros! Al prin­cipio, sin embargo, el mundo nos resultaba ajeno.

Por ejemplo, supongamos que soy un salvaje: sé que el mundo no soy yo, pero me doy cuenta de que hay árboles, vegetación, flores, musgo... Por medio de la brujería, un día in­corporo el árbol a mi persona. Creo un tótem vegetal. Estoy unido al árbol, al tótem. Cuando se planta un árbol, ese árbol soy yo; cuando se corta su tronco, yo muero. Cuando muero, depositan en mi boca semillas, y de ella crece otro árbol mara­villoso. De mi cadáver surge un árbol, luego soy una semilla. Incorporando los árboles, comienzo a labrar la tierra, porque me identifico con las plantas. Lo que está en la base de mi ima­ginación es el mundo vegetal, y esto se ha transmitido hasta hoy puesto que los fitoterapeutas utilizan las plantas para cu­rar. Hay que entrar en el espíritu de las plantas, pero a la in­versa, abriendo una puerta para que el espíritu de las plantas penetre en mí. Hasta que el espíritu de las plantas no haya pe­netrado en mí, no seré creativo.

Allí donde se termina el espíritu de las plantas está el Om Mani Padme Hum, o el diamante en el loto. Aquí se concentra toda la religión tibetana. Del pantano sale un loto en el que crece Buda- Toda la religión egipcia o budista se asienta en la incorporación de una planta. Porque ésta se abre al sol, ex­pande su perfume, se hace dios. Yo soy una planta que crece del lodo, que crece de mi inconsciente; crezco de la concien­cia, del conocimiento, y de mí sale el Ser de Luz. Todo esto tie­ne un remoto origen. La planta que incorporé en mí ha abier­to mis puertas. Hay un koan zen que dice: «Puerta abierta al norte, puerta abierta al sur, puerta abierta al este, puerta abier­ta al oeste»- Es la respuesta a lo que es el Buda. No se com­prende lo que eso quiere decir, pero al menos se comprende que algo se abre. La persona que no está iniciada en la creati­vidad se dedica a buscar, pero le va a costar mucho abrirse. Pa­ra ser creativo, hay que soltarse. Y así se entra en el zen, por­que la divisa esencial del zen es soltar amarras, liberarse.

Cuando la humanidad prosigue su avance, el hombre deja entrar al animal en él. Absorbe al animal: los insectos, las ra­nas, los tigres, los leones, los leopardos, las arañas... o sea, el tó­tem animal- Del tótem animal nacerán todos los dioses: Apolo es una rana, por ejemplo. En muchas culturas se lucen máscaras animales, de leopardos en México, de cocodrilos en África, e incluso el zodíaco está simbolizado por figuras de animal y aún hoy en día perdura la incorporación del tótem animal a nuestra vida cotidiana: utilizamos expresiones como «ser un rapaz» o «hacer la guerra como depredadores». Hemos incorporado al animal en nosotros.

Así es como al principio el ser humano produjo su creativi­dad. De cada cosa que incorpora, hace un dios. Con cada di­mensión incorporada, crece nuestro ser. Después de incorpo­rar al animal, el hombre se hace cazador; puede criar vacas, corderos... Si incorpora un tigre, puede cazar un tigre; si in­troduce un elefante, puede domar un elefante. De ahí proce­de el dios Ganesha en la India, con su cabeza de elefante. Pa­ra la cultura india la araña es Maya, la que teje el universo; y este universo es un sueño, un sueño tejido en forma de telara­ña. En el tarot podemos ver que el arcano 8 es la Justicia, y la Justicia es una descendiente de la araña. Todo ocho desciende de la araña: las ocho patas, el símbolo de infinito y otras refe­rencias.

Pero hay que ir más lejos. El hombre contempla los movi­mientos de la luna, los movimientos del sol; mirando las es­trellas incorpora los ritmos del cosmos. De ahí nacen la ley, la realeza; toda la organización de la sociedad nace de la incor­poración del ritmo cósmico. Por ejemplo, había un rey que en noches de luna llena hacía regalos a su pueblo y cuando la lu­na desaparecía era depuesto. Seguían la conducta de la luna. Se piensa por ciclos. La inclusión de los astros en la organiza­ción social persiste todavía. Somos regidos por un presidente, que simboliza el Sol, y por la mujer del presidente, que sim­boliza la Luna. El Papa es un símbolo solar; la Papisa es un sím­bolo lunar. La asimilación de los ritmos cósmicos es importan­te para nosotros. La iluminación se hace con referencia a esos ciclos. Se dice: «Voy a iluminarme, voy a convertirme en sol». Y brillamos como el sol. Es decir, que nuestro fin supremo es convertirnos en Sol (Amon-Ra), porque la luna refleja la luz del sol. Lo que significa que el yo tiene que ser como la luna, así de humilde, para reflejar en su totalidad la luz del sol. Cuando al sol se le dio una significación masculina, nuestra so­ciedad empezó a degenerar. En Alemania hay vestigios de una antigua civilización en la que la luna era masculina y el sol fe­menino. Son restos de una sociedad matriarcal en la que con­vertirse en sol significaba convertirse en mujer. Hoy significa­ría convertirse en hombre, inconscientemente hablando. Todo esto no quiere decir que debamos entender el sol como una representación papal o de otro tipo. En el fondo el sol es una especie de andrógino esencial.

Ya en el Siglo de las Luces, el hombre decide ser intelectual, puramente intelectual. Y la mecánica comienza a producir los aparatos: los motores a gas, los mecanismos o las máquinas que funcionan con energía manual, como los relojes. Y el hombre incorpora las máquinas. ¡Se imita la conducta de las máquinas! Ha llegado el pensamiento racional. Incluso aún hoy se tienen trazas de ese racionalismo del Siglo de las Luces. Cuando voy con un francés al cine, dice: «Pero eso no es lógico, no es po­sible». Si vamos a ver El resplandor, la película de Kubrick, cuan­do el protagonista se encierra y de pronto sale con un hacha, decimos: «Eso no es posible, no es lógico, ¿quién le ha abierto la puerta?». Como no nos parece posible, no parece aceptable. ¡Todo lo que no es lógico no nos vale! Esto que pongo como ejemplo trasluce la introducción de la máquina en nuestro imaginario, porque las máquinas son absoluta y totalmente ló­gicas. Tienen una finalidad muy clara, luego el hombre tiene que tener una finalidad nítida. El budismo, por el contrario, busca la iluminación sin finalidad. Estamos marcados por el ra­cionalismo. Ser racional es bueno, pero ser solamente racional es una lepra, es una peste, una enfermedad. Cuando la sexua­lidad tomó el camino de la racionalidad a través de la religión, por ejemplo, se produjo una catástrofe. Se creó una moral ra­cional que se ha extendido a toda la sociedad, y que es pro­fundamente destructiva. Al incorporar la racionalidad al sexo se crea un problema, que nos ha conducido más tarde, preci­samente, a romper la racionalidad.

Como reacción a esa enfermedad aparecieron Freud y los surrealistas. El surrealismo fue muy importante porque co­menzamos a identificarnos con los sueños, recuperamos el rei­no de los sueños, en tanto que es una parte de nosotros. An­tes, en Grecia, el sueño era de los dioses, no era para los humanos. Pero al incorporar el sueño, yo soy eso que sueño.

Todavía un paso más. Ahora, en el siglo XXI, tenemos orde­nadores. Ello supone un cambio total de nuestra mentalidad, porque en diez años hemos asumido todos los sistemas de la informática. Ahora una casa se puede mirar desde todos los la­dos. Sabes, con tu imaginario, que puedes entrar por la ventana, visitar un apartamento y salir. Podemos mirar a una perso­na con la mente, ir por todas sus venas y todo su cuerpo para llegar al lugar elegido. Quiero decir que se comienza a tener una actitud de ordenador. Ésa es la mutación que estamos su­friendo en estos momentos. Procesamos los datos de manera diferente. ¿Qué vendrá después? Bueno, he hecho un breve re­corrido histórico del imaginario.


Lo que quiero explicar es que, si miro mis zapatos, que son de una época racional, veo lo vegetal, zapatos como raíces. Veo lo animal, zapatos como cuero, la materia de la que están he­chos. Y también puedo vislumbrar adonde me llevan, los zapa­tos como objeto, y eso es racional. ¡Surrealista: veo que toda mi infancia está ahí dentro! Y en la época actual, los zapatos pue­den ser rojos, pueden ser verdes, amarillos; puedo cambiarles el color, puedo cambiar la forma; hay diez millones de zapatos que puedo tener en los pies enseguida. Soy libre para salir de mi prisión mental.

Desde Nuestra Celda
Comienzo esta parte del curso con la palabra «prisión». Espero que esto sea una clave para vosotros. Para mí esta refle­xión ha sido muy importante. Es la realidad en la que vivo. He aquí la historia: yo he nacido en un cuerpo limitado, me sien­to impotente. Todos tenemos cuatro elementos: el intelecto, lo emocional, lo sexual y lo corporal. Vivimos en las ideas, las emociones, los deseos y las necesidades. Estos cuatro elemen­tos están representados en los mandalas tibetanos, indios, hin­dúes, en la carta del tarot El Mundo, etc. Es una división en cuatro partes, con el quinto elemento en el centro. Éste es el verdadero recorrido a través de toda la historia del arte de la humanidad. En cada una de estas cuatro partes tenemos como guardianes a los dragones. Cada torre está firmemente prote­gida. Recordemos la imagen de los leones que guardan la puerta de un templo, o las gárgolas de Notre-Dame. Tenemos en el interior de nosotros unos guardianes excelentes, que nos mantienen limitados y muy vigilados. Mi intelecto está cerrado con llave, guardado; mis emociones, encofradas; mi sexualidad y mis necesidades, custodiadas. Todo está protegido, y precisa­mente esos carceleros que nosotros hemos creado son los que nos impiden ser creativos. Por eso lo que estoy diciendo es un poco revolucionario, porque para ser creativos hay que vencer a los guardianes y tirar las puertas, aunque no se les vea e in­cluso aunque no se les identifique. Son como la bruja mala que había que vencer en los cuentos de hadas; son el ogro, el miedo... Son nuestros custodios. Hemos sido formados por la historia de la humanidad, por el desarrollo del planeta, por la sociedad, por el país, por la familia. Todo eso vive en nosotros. Nuestros vigilantes son prehistóricos. Poco a poco se han hecho fuertes, se han encastillado. Nosotros necesitamos atacar a esos guardianes, librarnos de ellos, el problema es que cuando se los ataca, nos sentimos amenazados, desprotegidos, asoma el miedo.

El último límite que hay que vencer para ser creativo es el de los excrementos. Somos un cuerpo que expulsa materia en descomposición. La orina, la saliva, el esperma, las menstrua­ciones... Estamos hablando sólo del cuerpo. Una persona que tiene profundos guardianes en sus excreciones no puede ser creativa. En la medicina ayurvédica hay una escuela que utili­za la orina con fines medicinales. En México encontré un sa­nador que curaba con toda clase de excrementos de animales, y según él cada excremento tenía una capacidad medicinal di­ferente.


En la creatividad psicomágica, a veces, cuando las personas están bloqueadas, les hago pintar un cuadro con sus excre­mentos. Ese bloqueo suele tener su origen en la infancia, en casos de familias muy exigentes con la limpieza y que prohi­bían a los niños ensuciarse o comer con los dedos. Les prohibían ser libres.

Sed Creativos
Si alguien quiere ser creativo, debe tratar de practicar el si­guiente ejercicio: uno se debe colocar sobre una superficie ab­sorbente, beber un litro o dos de agua, y después debe tratar de orinar haciendo un dibujo y que el agua deje una traza. Sea como sea, debemos tener en cuenta que para ser creativo el ni­ño sucio debe existir en nosotros. En la excreción no puede haber límites. Fui muy amigo de la pintora surrealista Leono­ra Carrington, que había sido compañera de Max Ernst. La co­nocí en México. Me contó que había sido también amante de Buñuel pero que, de repente, la abandonó. Entonces ella, el día que tenía la menstruación, puso sus manos en la sangre, y las imprimió por todo su apartamento. Fue su reacción creati­va, un acto de psicomagia en el que se utiliza la menstruación como un elemento de transformación. Yo he dado muchos ac­tos de psicomagia como ése. En la magia amorosa la sangre menstrual es muy utilizada. Las excreciones, en general, son usadas para toda clase de encantamientos. La magia muchas veces funciona a base de excreciones: las babas del sapo, de la serpiente, de las arañas... Todo lo que nos parece personal, co­mo la excreción, es utilizado creativamente.

Si se quiere ser generador no se debe tener ningún límite sexual, como ocurrió con el primer gran pionero de esto, el marqués de Sade. Por eso el surrealismo le adoptó: porque imaginó todo tipo de relaciones sexuales. Al leer Los 120 días de Sodoma, Sade se revela como un científico que investigaba todas las posibilidades del sexo sin límites. Puede ir de la an­tropofagia al crimen sádico, al incesto, llegar a todo. Para po­der despertar la creatividad, hay que tener una imaginación sexual libre de toda moral, libre de toda imagen religiosa. Hay que liberarse. Un artista tiene necesidad de imaginar las más grandes aberraciones. Tenemos necesidad de desarrollar en nuestra mente todas las posibilidades.

Cuando alguien tiene imaginación, pero está desequilibra­do, puede asesinar a millones de judíos, como ocurrió con Hitler, o hacer que explote una bomba atómica. En ambos casos, se desarrolló el lado oscuro que habita en nosotros.

Uno de los más grandes guardianes que nos vigilan es el superego, que moldeado por nuestros padres, permanentemen­te nos dice: «Eso se hace, eso no se hace, eso está prohibido». Al superego hay que incorporarlo, dominarlo, pulverizarlo.

Un ser creativo tampoco tiene límites emocionales. Esto quiere decir que tenemos que ser conscientes de que uno pue­de matar, traicionar, ser goloso, vanidoso, avaro, colérico... Emocionalmente puedo y debo imaginar todo en mí. Puedo ser un santo, puedo ser quizá el mayor benefactor de la hu­manidad, y al mismo tiempo puedo ser un tipo que envenena las aguas para eliminar la vida. En mi imaginario emocional debo romper todos los límites, vencerlos.

Veamos ahora aspectos que se refieren a la creatividad y a lo mental. La primera cosa que debo vencer es el imperio de las palabras. Si estoy ahogado en las palabras no puedo ser creativo. Esto es lo que yo he hecho en mi interior: he visuali­zado todas las degeneraciones del mundo. Yo no soy un de­pravado, pero en el momento en que debo crear algo, tengo todos los elementos a mi disposición. Cuando veo a una per­sona, prescindo, como sabéis, de los límites. Por tanto, la persona puede decirme lo que le pasa: a mí no me va a sorpren­der. Una de las grandes barreras en la creatividad terapéutica es la sorpresa. Un terapeuta no puede sorprenderse, debe es­tar preparado para escucharlo todo, nada le sorprenderá ja­más porque él lo ha imaginado todo. Ahora bien, la extrañeza maravillosa es algo muy distinto a la sorpresa.

Decía que las palabras son la primera barrera -la más esen­cial- en la que estamos presos. Y eso sucede porque, general­mente, en nuestra civilización se relaciona a la persona con to­do lo que dice: «Yo soy lo que digo». Esta idea aún persiste, a pesar de que con el surrealismo, Freud, Lacan y otros, se rom­pió la idea de que se es lo que se dice. Y, sin embargo, pasamos todo el día contándonos cosas. La amistad «imbécil» es en­contrarse para decir cosas, no para hacer cosas. Nos decimos cosas cacareando como en un gallinero. Nos educamos ha­blando, no haciendo cosas. Por eso el refrán «Del dicho al he­cho hay mucho trecho». Nos pasamos la vida diciendo «Tú me has dicho eso», «Retira inmediatamente lo que has dicho». Es muy infantil, es el infantilismo de una educación verbal, don­de sólo las palabras significan algo. Y la creatividad en este es­tado es nula. Un mundo donde solamente hay palabras es un universo donde no hay creatividad. Las palabras resultan his­téricas cuando son tomadas como un lenguaje donde el obje­tivo son las mismas palabras. La creatividad se da fuera de las palabras. Cuando el poeta trabaja esencialmente con palabras, entonces éstas explotan.

Alejandro Jodorowsky

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Ilustración: Juanvi Sánchez
Intervención de Imagen: Manny Jaef 
@alejodorowsky en Twitter

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