sábado, 8 de noviembre de 2014

Niveles De Vida (Capítulo Sólo Para Mutantes) {5. Adoración}


La araña-mosca, pudiendo ahora volar, asciende hacia el sol, fuente de su luz interior.

En un estado de arrobamiento entramos, hasta donde es humanamente posible, en posesión de nosotros mismos. Ha cesado la tiranía del cuerpo; ni las ideas ni los sentimientos ni los deseos ni las necesidades se contradicen entre ellos. Han cesado las transformaciones, hemos perdido el interés por afirmar nuestra superioridad, nos colma un amor apasionado por la existencia. En ese estado de éxtasis, de supremo desprendimiento, nuestra mente es por entero absorbida en el Espíritu, percibimos la energía divina en cada cosa, en cada ser, no hay separación entre interior y exterior, la creación entera brilla en toda su gloria natural.

Si danzamos en este estado, lo hacemos sin angustia, sin temor a la muerte, sin considerar la carne como una cárcel sino como una creación divina. Si pintamos, lo hacemos sumergidos en la Consciencia total, adorando lo que somos, recibiendo las formas y colores como un estallido del goce universal. El artista, en estado de mediumnidad, deja hablar a su Dios interior y no crea sino que recibe. La obra recibida, que es arte sagrado, sobrepasa los límites de la persona. Hemos atravesado las tinieblas del inconsciente y llegado a su centro de luz, a la fuente de donde surge la vida que es Felicidad pura. Nuestra fortaleza espiritual, defensiva, se ha convertido en templo, abierto a la luz de la Consciencia. Sintiéndonos así, nos damos cuenta de que el mundo también es un templo. Se respeta igual un pedrusco que una catedral. Las crisis mundanas nos parecen nubes oscuras ocultando en su vientre soluciones benditas. A quienes se angustian porque son mortales, porque la vida es tan corta y darían todo lo que poseen por continuar viviendo, les decimos «Sufres por lo que más amas y ya tienes: la vida. Y porque vas a perderla (esto afirmas al menos, aunque en realidad desconoces lo que hay más allá), no estás gozando de la existencia. ¡Basta, deja a un lado el futuro y ponte a vivir ahora! Cualquier acto será perfecto si lo haces en estado de adoración. Deja de competir, de envidiar y criticar a los demás para sentirte superior. Haz de la realización y la alegría de los otros tu alegría. En la mitología de todos los pueblos, un ángel nunca está solo. Hay miríadas de ángeles cantando loas al Ser Divino. Cada ángel es diferente y sin embargo acepta participar de una colectividad en éxtasis. Aprende a negarte a colaborar en obras destructivas, acepta sólo trabajos que sean útiles para ti y los demás. Comienza a ver en cada ser tus propios valores, comunícate con la luz que emana de sus centros. Si así lo haces, los otros, comenzarán a darte tanto como tú les das. A coro, en un estado de agradecimiento constante, adoraréis ese milagro que es estar vivos y juntos».
Una historia iniciática que encontramos tanto en la tradición islámica como en la hebrea disfraza bajo el nombre de «Maestro» al Dios interior.

Un discípulo golpea la puerta del Maestro.
-¡Maestro, ábrame! 
-¿Quién está ahí? 
-¡Yo! 
-¡No hay sitio para ti aquí! 
El discípulo se va y al cabo de un tiempo regresa.
-¡Maestro, ábrame! 
-¿Quién está ahí? 
-¡Pues yo! 
-¡Vete! 
Mucho tiempo después, el discípulo insiste.
-¡Maestro, abra...! 
-¿Quién está ahí? 
-Tú. 
-Entra.

El Yo superior se abre como una flor de pétalos impersonales y conoce la adoración de la existencia. La palabra «adoración» procede del latín adorare, derivado a su vez de orare, «orar». Orar es, principalmente, rendir culto a Dios, luego a cosas o personas santas, pero en esencia orar es «hablar con la divinidad».

Un mahometano que agoniza, reza e implora una y otra vez: -Alá, Alá, Alá... 
Su crítico estado dura toda la noche. El enfermo no cesa de repetir el nombre de su Dios.
Entonces el demonio se acerca a Alá y le dice:
-No comprendo, Majestad. Este hombre reza y ruega por vuestra presencia sin cesar, pero vos nunca vais hacia él.
-Te equivocas. Estoy en su plegaria. Su ruego es mi presencia.

En un momento determinado, cuando llegamos al centro vital, cesando de pedir y tan sólo agradeciendo, el Dios interior se hace eco de nuestras palabras y nos las devuelve, iguales pero colmadas de una energía sublime. Este nivel es alcanzado por muy pocos seres humanos porque requiere años de paciente perseverancia. La mayor parte de las familias, la sociedad y la cultura insisten en crear hábitos de vida que nos mantienen en la persistencia. Ante cualquier manifestación de desarrollo de la Consciencia, las instituciones -enraizadas en la tradición- de inmediato intentan refrenada. El buscador de la Verdad tiene la sensación de ser un pez que nada contra la corriente. Es por esto por lo que la magia, a sus tres primeras acciones «querer, osar y poder», agrega una cuarta: «callar». En su Evangelio (cap. 6, 6), san Mateo dice: «Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto...». Si interpretamos «aposento» como «corazón», y «Padre» como «Dios interior», podemos, aunque sea por un instante, crear en nosotros este estado de adoración.
El primer paso es «cerrar la puerta». Aislarnos. Sentados o acostados inmovilizar el cuerpo, ir descontrayendo cada músculo desde los pies hasta la cabeza, vaciar la mente lo más posible de palabras (si nos resulta muy difícil, basta con repetir incesantemente una sola, la que se prefiera, preferible si es de nuestro idioma materno) y entregarnos a un agradable reposo, suspirar, dejar de lado los deseos, no pensar en ninguna persona y, respecto al dolor, la angustia o el sufrimiento, darnos una especie de recreo. Podemos decimos:
En estos momentos nada me puede pasar, no necesito nada de nadie, dejo para más tarde mis miedos y mis rencores, me presento ante mí con lo único que tengo: la convicción de estar vivo. Yo, así, desnudo, vacío, sin compararme, sin juzgarme, sin que mi personalidad aparente me haga desear el reconocimiento de los otros antes de reconocerme a mí mismo, voy a sentir los latidos de mi corazón ahora. Él no es mi enemigo, no cuenta los minutos que me quedan por vivir, no me amenaza con paralizarme y matarme, es un centro de vida, late con la fuerza de la eternidad, transmite el amor infinito, la manifestación en mi cuerpo y en mi mente de la vida universal. El corazón es mi Maestro. Me entrego a él... Mi Espíritu, limpio de palabras, es energía pura. La siento. Dejo que se disuelva lentamente en mi corazón. Los latidos se hacen más conscientes... Mi fuerza sexual, cuando no se dirige a un objeto exterior, tiene la belleza y la potencia de la virginidad. También la vierto en mi corazón... Poco a poco percibo mis huesos, mi carne, mi piel, mis vísceras. En mi percepción, mi cuerpo no es materia sino sensaciones, diferentes gamas de energía. Una por una las sumerjo en mi corazón. En él he disuelto mis pensamientos, mis sentimientos, mis deseos. Todo mi ser está en mi corazón, es mi palacio, mi templo, me dejo sostener por él, rodearme. Soy un niño dorado encerrado en un vientre infinito. Soy una Consciencia que late con un ritmo abisal... Y conmigo late la tierra, el planeta, el sistema solar, las galaxias, el universo y la energía que lo sostiene. Me convierto en el centro vital del cosmos. Vienen a sumergirse en mis latidos, los astros, las entidades invisibles, los seres vivientes, las plantas, los minerales, las moléculas, los átomos. Y el palpitar de mi corazón repite una y otra vez: YO-SOY-DE TI. y con él, la creación entera (cada átomo, cada grano de arena, cada roca, cada hoja, cada flor, cada animal, cada hombre, cada mujer) clama: YO-SOY-DE TI. Y a esa oración se agregan los que fueron, las legiones de muertos y las legiones de seres y astros que nacerán: YO-SOY-DE TI... YO-CONFÍO-EN TI. Me entrego a tus designios con una confianza total. El universo entero confía en ti. Somos uno. No hay devorador ni devorado: es un intercambio continuo de vida. Tengo confianza porque sin ti no existiría, me estás dando lo que me pertenece. Nada te pido, te lo agradezco todo, cada latido de mi corazón resuena en la eternidad. Y mi voz y tu voz, al mismo tiempo, dicen: YO SOY DE TI. YO CONFÍO EN TI... ERES MI FELICIDAD.

En el momento en que comprendemos que ese YO SOY está en nosotros mismos, hemos llegado a la curación interior. En un momento dado, a fuerza de repetirlo, cuando decimos YO SOY, es el Dios interior quien habla. La enfermedad espiritual viene del hecho de que no dejamos de pensar YO NO SOY. Vivimos como muertos, formas rígidas sin interior. Cuando decimos YO SOY lo decimos a coro con el universo entero. Ya no hacemos las cosas. Las cosas se hacen en nosotros. Dejamos de buscar porque estamos continuamente encontrando.
Cuando nos encerramos a orar, ¿por qué soledad andamos? Por la maravillosa soledad de la fiesta cósmica. YO SOY la totalidad exterior e interior, YO SOY el acompañamiento absoluto. La soledad dolorosa es no saber estar con nosotros mismos. Y si la duda nos aqueja, pensamos: «El pozo puede secarse, el agua es inagotable. Incluso si somos ciegos, una luz infinita mora en nosotros».

-Dios, para que pueda tenerte es necesario que vengas a mí. ¿Cómo puedes hacerlo?
-Para que yo vaya a ti, es preciso que tú mismo vayas a ti.
Nicolas de Cues

Continuará...

∼✻∼
Consejos de Alejandro Jodorowsky, en Cabaret Místico” 

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